sábado, 18 de mayo de 2013

Crónica en Siria (II y III)


Mario Casartelli
Martes, 7 de mayo. A las 10 de la mañana partimos para el hospital militar de Damasco, donde entrevistaremos a heridos en combate. Se suman a nosotros periodistas de la prensa escrita y de la televisión siria. Las calles, como todos estos días, están atestadas de soldados armados que controlan la ciudad, lo cual nos da cierta tranquilidad respecto a la seguridad que pudiéramos tener. Sin embargo, exclamó Fady Marouf: “Sólo Dios sabe de eso”.
Por supuesto, habiendo experimentado los atentados continuos, como la semana anterior, más el reciente bombardeo aéreo israelí en esta ciudad, cualquiera pensaría igual. Sobre todo, sabiendo que existen francotiradores apostados en cualquier ventana de cualquier edificio. Por otra parte, la televisión siria registra pormenores cotidianos de estos acontecimientos. Y aunque es cierta la calma en la población, debajo de ella subyace algo incómodo. Ante esa situación, cada uno de nosotros se aferra a lo que cree y no cree. De todos modos, “la muerte acecha en cualquier parte del mundo”, pienso. Y, paradójicamente, recalar en estos rumbos constituye, para mí, un privilegio.
Llegamos al sitio indicado, donde custodios uniformados nos hacen ingresar de inmediato a la Oficina Administrativa. Un hombre, también uniformado, de aproximadamente 60 años de edad, nos recibe con el previo saludo árabe de llevar una mano al pecho. Es el director y nos invita a tomar asiento, ofreciéndonos café, té o agua, según el gusto de cada uno. Se inicia la entrevista, y el director, sencillo y afable, responde a todas nuestras preguntas, menos cuando le pedimos cifras de cuántos heridos hay en el hospital. Se limita a decirnos que son muchos y que en el predio se encuentra sólo a una parte del total, porque aquí no está el hospital mayor. “Hay otro, que es el más grande no sólo de Siria sino de todo Medio Oriente”, nos cuenta. También preguntamos qué sucede con los heridos de otros bandos que caen en manos del ejército gubernamental. Y nos responde que también ellos son atendidos con el mismo cuidado que los soldados sirios. Esto me recuerda a lo que mis amigos afirman: La salud y la educación son gratuitas para todos.
Finalizado el dialogo, pasamos a un edificio contiguo, de varios pisos, para ver a los heridos. Los pasillos cuentan con guardias fuertemente armados, quienes nos acompañan a las salas de internos. La escena es sobrecogedora, como en cualquier sitio donde haya seres humanos golpeados. Y describirla exige un capítulo aparte. Jóvenes que desde sus camillas nos cuentan en qué circunstancias fueron alcanzados por balas o por explosiones cercanas de algún misil. Alguien perdió un ojo o un brazo o una pierna. Y allí están, a la espera de volver a la vida. Uno de ellos, no muy maltrecho, nos dice que regresará a combatir si fuese necesario. Tomamos fotos, filmamos, grabamos, anotamos en papeles, y nos despedimos de ellos, diciéndoles el “gracias” que aprendimos en lengua árabe: “Shúkran”.
Afuera, en pleno medio día, se oye en el aire el garganteo de la oración musulmana. Pero también los sonidos cotidianos de morteros que el ejército dispara -me dicen- hacia puntos donde se arrinconan bandos que penetran, en su mayoría, por la frontera con Turquía, difícil de controlar, debido a sus 800 kilómetros de longitud.
Antes de retomar el bus que nos trajo, la televisión siria nos entrevista. En lo que mí respecta, les digo que vine invitado, motu proprio, sin representar a ninguna entidad o medio de comunicación, salvo a mí mismo y a mis escritos y actividades en movimientos sociales. Y que, en nuestros países, muchas personas consumen sólo lo que las multinacionales propalan, razón por la cual les resulta difícil imaginar lo que, en verdad, ocurre en estas latitudes. Pero les hablo también de compatriotas que saben leer entrelíneas y que gustosamente estarían aquí, en este momento, si pudiesen. Y que en esta lucha que hacen los sirios por la soberanía que se la quieren arrebatar, cuentan con nuestro apoyo moral, con nuestra solidaridad. Porque este pueblo, en defensa de su identidad, como nación y como Estado, hoy por hoy, es un ejemplo para el mundo.

Miércoles 8. Problemas con las señales de internet. Ayer, martes, me pasé toda la tarde y la noche hasta las 3 de la madrugada de hoy intentando enviar mi segunda crónica, pero fue imposible. Incluso esta mañana del miércoles, cuando lo primero que hago al despertar es revisar si hay conexión. Y nada. Voy hasta el conserje del hotel a preguntar si existe algún cyber cercano donde pueda conseguir señal, y me dice que el problema no es sólo en el hotel sino en todo Siria. Lo mismo ocurre con la telefonía. Dicen que es un sabotaje continuo que comenzo en noviembre.
No me queda sino seguir esperando. El problema es que tenemos una serie de actividades planificadas para cada día, y los datos que recojo se acumulan. Y crece mi ansiedad por enviar a los leyentes de las redes sociales algo de lo no mucho que alcanzo a recoger. Aquí no puedo hacer como en Palestina, donde hace cuatro años estuve un mes y me dediqué a recorrer calles y ciudades sin pausa, conversando con toda la gente. Allá, en Cisjordania, la única certeza de inseguridad eran (son) las incursiones del ejército israelí. Pero aquí está plagado de infiltrados de todas las nacionalidades: turcos, chechenos, libios, franceses, alemanes, españoles, que forman parte de los atacantes, según me dicen. Y entre ellos hay suicidas dispuestos a cualquier cosa. Razón por la cual nos aconsejan no salir solos ni alejarnos del hotel, salvo con Fady Marouf.
La Siria que conocí hace seis años no es la misma de ahora, al menos en el espíritu que planea en el aire. Este pueblo pacífico, de dación para estudiantes de todas partes del mundo, de producción más que suficiente para el autoabastecimiento de aproximadamente 23 millones de habitantes, tiene hoy un perfil diferente. Y me angustia la impotencia de no poder desplegarme como quisiera.
Pero me arriesgo un poco y salgo a caminar por el centro de Damasco, a sólo pocas cuadras del hotel. Hay soldados por todas partes y hombres vestidos de civil que no ocultan ser agentes del gobierno. Están con las antenas alertas a cualquier movimiento sospechoso. Enfilo una calle y cruzo la otra acera. Allí me grita un hombre armado que está haciendo revisiones a la gente en la vereda. Me pide que abra mi mochila, la palpa, y con una sonrisa y una palmada al hombro me deja seguir. Entonces, pienso en lo que me contó Luis Brizuela, el corresponsal de Prensa Latina, que llegó hace seis meses aquí y ya fue detenido en numerosas ocasiones. “Principalmente porque mi perfil afro me hace aparecer como un sospechoso, debido a la cantidad de terroristas africanos que merodean”, me había dicho. “Tú, en cambio, puedes ser un egipcio o un árabe, que también los hay”, agregó.
Ayer, antes de ir a conversar con el vicecanciller de Siria, mientras la televisión me entrevista en la explanada del hospital militar, observé que no lejos de mí llevaban caminando a un joven esposado. Lo conducía un soldado también joven. Mientras yo hablaba, me pregunté por qué. ¿Tal vez un ladrón o un sospechoso de vaya a saber qué? ¿O es un terrorista que fue herido en algún enfrentamiento y ahora, ya recuperado, lo sacaban del hospital para enviarlo a ser juzgado ante la ley? Difícil saberlo, mientras uno se concentra a la vez en lo que está diciendo ante cámaras y el detenido y el soldado se van, se pierden.
Cuántas historias como estas se me escapan sin poder atraparlas. Pero la urgencia y precisión de horarios con que debemos movernos nos impiden más de lo que quisiéramos. Es que e l peligro está latente. Y en estas circunstancias, todos podemos ser sospechosos.
Ojos para la Paz

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